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Para eldiario.es 

 

La tragedia que afecta a los casi 40 millones de afganos quedará pronto sumida en el olvido. Para los principales actores mundiales, su bienestar nunca ha sido importante y el país apenas cuenta en el tablero geopolítico internacional.

 

 

Terminada, por imposición talibán, la evacuación del personal extranjero y de sus colaboradores locales, queda ahora por ver qué va a ocurrir en Afganistán, ya sin tropas internacionales y con los talibanes de vuelta al poder. Lo más inmediato es entender que, como ocurre en tantos otros casos de tragedias humanas prolongadas a lo largo de años, la que afecta a sus casi 40 millones de habitantes quedará muy pronto sumida en el olvido mediático y político.

 

A fin de cuentas, para los principales actores internacionales el bienestar y la seguridad de los afganos nunca han sido importantes y el país apenas cuenta en el tablero geopolítico de ajedrez internacional.

 

Qué cabe esperar de los talibanes

Atendiendo a lo que cabe esperar internamente, es preciso insistir en que, más allá del actual ejercicio teatral de falsa moderación, los talibanes tratarán de gestionar el país con arreglo a su iluminada visión del islam más rigorista que cabe imaginar y, por tanto, castigarán muy duramente a todo aquel que no acepte su dictado. Si ahora tratan de aparentar un quimérico comedimiento es únicamente porque necesitan tiempo para consolidar su poder y más manos que las de sus correligionarios para sostener su empeño.

Pero no puede caber ninguna duda sobre su intención de recrear el emirato islámico que ya proclamaron en 1996, negando unas libertades y unos derechos básicos que, por desgracia, tampoco cabe pensar que estaban garantizados con el Gobierno que ahora ha colapsado. Contarán para ello con cómplices interesados en apostar por el que ahora consideran un caballo ganador; desde un Hamid Karzai –expresidente–que ya fue un estrecho colaborador suyo en los noventa, hasta señores de la guerra y organizaciones como la red Haqani, apoyada por Washington desde los tiempos en los que sirvieron para complicar la vida a los soviéticos que invadieron el país en 1979.

Por supuesto, también contarán con resistencias y enemigos declarados. En primer lugar, una buena parte de la población que había comenzado a percibir la posibilidad de vivir de otra manera. Una población, en todo caso, con escasas posibilidades de ir más allá de la resistencia pasiva ante la dictadura que se les viene encima en un país fragmentado sectariamente por claves étnicas y religiosas.

Distinto es el caso de los grupos yihadistas activos sobre el terreno, con Wilayat Khorasan (filial local del ISIS) en cabeza, sin olvidar a otros grupos ligados a Al Qaeda. Aunque algunos de ellos han colaborado previamente con los talibanes en su oposición a las tropas extranjeras y al Gobierno afgano, actualmente mantienen una posición extremadamente radical que les lleva a percibir a las huestes de Abdul Ghani Baradar como excesivamente moderadas y muy escasamente interesadas en el yihadismo transnacional.

A ellos se suma la variopinta alianza antitalibán que se está ya conformando en el valle del Panshir, alrededor del exvicepresidente primero Amrullah Sahel y del hijo del legendario comandante Ahmad Shah Masud. Sin embargo, dada la limitación de sus fuerzas y la falta de claros apoyos externos, no parece posible que vayan a estar en condiciones de doblegar por la fuerza a los talibanes.

Todo ello augura, en definitiva, más violencia interna, la profundización de la crisis económica, la violación sistemática de los derechos más básicos y la persistencia de una crisis humanitaria que los talibanes tampoco serán capaces de remediar.

 

¿Y los principales actores internacionales?

No se extrae una mejor imagen de lo que cabe esperar a futuro de la actuación de los principales actores internacionales. Más allá de las tan reiteradas como inanes declaraciones de preocupación, consternación y condena de la ONU, la OTAN o la Unión Europea por lo que vaya a pasar, no cabe esperar ninguna acción resolutiva (menos aún militar) que permita cambiar las tendencias que ahora apuntan a un generalizado empeoramiento.

La salida de Estados Unidos –para mejor concentrar su esfuerzo ante los desafíos que le plantean China y Rusia– no supone que ni Pekín ni Moscú estén deseando tomar el relevo. A ambos les bastará con comprometer a los talibanes en el intento de evitar que Afganistán se convierta nuevamente en un santuario para grupos hostiles a sus intereses, lo que supone que, llegado el caso, veremos a los talibanes recibiendo apoyos foráneos para hacerles frente.

Por su parte, es de esperar que, aunque sea inicialmente con cuentagotas, los principales beneficiarios de la victoria talibán –Pakistán, sobre todo–vayan dando el paso de reconocer formalmente al nuevo régimen.

En paralelo es tan previsible que se intensifique el flujo de personas que tratan de escapar del país como la resistencia de quienes, aunque sean corresponsables en la creación del problema, harán todo lo posible por evitar que los desesperados lleguen a su propio territorio.

Pakistán e Irán, junto con Turquía, serán previsiblemente los destinos preferentes de los miles de personas que se verán forzadas a dejarlo todo atrás con tal de seguir viviendo. Un drama humano demasiado frecuente hoy, pero asumido ya como un componente habitual y normalizado de un mundo en el que los valores, los principios y las normas más básicas del derecho internacional volverán a quedar arrinconados frente a los intereses geopolíticos que se permiten jugar, sin tener que asumir responsabilidad alguna, con las vidas de tantos seres humanos. Y así, hasta que el olvido generalizado permita a unos y otros desarrollar libremente sus agendas.

 

IMAGEN: Los talibanes declaran la "completa independencia" de Afganistán EFE/EPA/STRINGER

 

 

 

Para El Correo.

 

Sin la cobertura de EE UU, es inimaginable que la UE desarrolle una operación capaz de garantizar la continuación del rescate de los colaboradores afganos

 

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FOTOGRAFÍA: Combatientes talibanes montan guardia en una calle de la capital afgana. / AFP


 

 

IMAGEN: Un grupo de talibanes en Kabul, Afganistán.

 

 

POMPEO-GHANI

 

El 30 de septIembre de 1938 se firmaron los denominados acuerdos de Múnich entre Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña, los cuales supusieron de facto una traición a la Checoslovaquia de entonces. El tratado, que suponía la anexión de los Sudetes por parte de Alemania, contó con el beneplácito francés y británico. Sus máximos dirigentes, Édouard Daladier y Arthur Neville Chamberlain, pactaron con el diablo, a la sazón los regímenes nacionalsocialista y fascista de Hitler y Mussolini, creyendo que ello acabaría con las ansias expansionistas de ambos dirigentes y sus hordas de fanáticos adeptos, algunos de los cuales eran catedráticos y eminentes intelectuales. Como es bien sabido, ni dicho pacto ni los posteriores pudieron parar la mayor tragedia bélica del siglo XX.

Rememoro estos sucesos porque en cierta manera, y siendo prudente en cuanto a las diferencias territoriales, contextuales e históricas, dichos acuerdos me recuerdan al pacto de Doha del 20 de febrero de 2020 entre los EEUU y la milicia talibán. El tratado denominado “Acuerdo para traer paz a Afganistán entre el Emirato Islámico de Afganistán, el cual no es reconocido por los EEUU como un Estado y conocido como el Talibán, y los EEUU” cuenta con cuatro partes principales:

  • Una primera donde se garantizan y ponen en marcha mecanismos para prevenir el uso de suelo afgano para actividades que amenacen la seguridad de EEUU y sus aliados.
  • Una segunda parte que garantiza la salida de las fuerzas de EEUU y sus aliados del país.
  • Una tercera parte, y solo tras la comprobación de la segunda parte, que determina que la milicia talibán podrá iniciar negociaciones con el resto de las partes involucradas en el conflicto afgano a partir del 10 de marzo de 2020.
  • Una cuarta parte, por último, que se refiere al establecimiento de un alto el fuego mientras las negociaciones entre las partes afganas tienen lugar. 

En el acuerdo se especifica que las dos primeras partes abren el camino a la tercera y la cuarta, y que la milicia talibán se compromete a cumplirlo en sus territorios hasta que las conversaciones entre afganos den como fruto la formación de un Gobierno tras la marcha de las fuerzas extranjeras. Además, los firmantes se comprometen a liberar a prisioneros en su poder (5.000 talibanes en manos del Gobierno afgano y 1.000 en manos de los talibanes).

En definitiva, los talibanes se comprometían a entrar en la vida política de Afganistán mediante su participación en negociaciones de paz con el Gobierno afgano reconocido por EEUU y, además, garantizaban que no apoyarían o acogerían a grupos o individuos que pudieran amenazar a EEUU y sus aliados. A cambio, estos últimos se comprometían a salir del país dentro de un calendario transparente. Al respecto, en el acuerdo se especificaba que, en abril de 2021 a más tardar, todas las fuerzas militares de los EEUU y sus aliados, así como el personal no diplomático, contratistas privados de seguridad, formadores, consultores y demás personal de apoyo debían abandonar el país. Adicionalmente, se establecía un calendario detallado mediante el cual dicha salida se produciría paulatinamente, y en 135 días tras el acuerdo, los efectivos estadounidenses debían reducirse a 8.600.

Respecto a las conversaciones de paz y al intercambio de prisioneros, el Gobierno afgano del expresidente Ghani firmó un decreto, en agosto del año pasado, para liberar a los primeros 1.000 milicianos talibanes, de los 5.000 previstos, en función de su edad, estado de salud y pena cumplida. Los talibanes, por contra, pusieron condiciones a la liberación de los prisioneros en su poder y su portavoz, Suhail Shaheen, solo se refirió a la liberación de los prisioneros identificados en su “lista”. En este punto, ambos interlocutores cumplen su parte, ya que los acuerdos no especifican los criterios de liberación.

Según lo pactado, en junio de 2020 las fuerzas militares de EEUU se redujeron a 8.600 y en noviembre ya eran menos de 5.000. En enero de 2021 la Administración Trump redujo las fuerzas estadounidenses a 2.500 efectivos y en mayo, el nuevo presidente Joe Biden anunció la salida incondicional de todas sus fuerzas. En este punto, los norteamericanos cumplieron rigurosamente lo pactado en Doha.

Durante ese mes, los talibanes iniciaron una ofensiva que aumentaría su control sobre el territorio y sobre los pasos fronterizos, aunque eso incumplía los acuerdos respecto al proceso de paz afgano y a las negociaciones entre afganos. A pesar de ello, las fuerzas de EEUU y la OTAN siguieron con su plan de evacuación de tropas.

La ofensiva talibán continuó durante el mes de junio, y el 9 de julio ya controlaban 90 de los 398 distritos del país. El 29 de julio los talibanes controlaban 105 distritos. El 6 de agosto habían tomado la primera capital de provincia del país, y el 13 de agosto contaban con 132 distritos y varias ciudades. El 15 de agosto controlaban 345 distritos y casi la totalidad el territorio a excepción de la capital, la cual fue tomada el 16 de agosto.

Ni que decir tiene que los talibanes no han cumplido con la tercera y cuarta parte del acuerdo, que les comprometían al alto el fuego y a las conversaciones de paz. Por contra, los EEUU y sus aliados sí cumplieron con la segunda parte del mismo, que les instaba a marcharse del país. Así que los milicianos esperaron tranquilamente a que los ejércitos extranjeros se fueran, para incumplir el acuerdo de Doha y dominar el país; algo que no parece improvisado.

Lo que parece inverosímil ahora es que los talibanes cumplan con la primera parte o condición de lo pactado en Doha; es decir, que “el Emirato Islámico de Afganistán, el cual no es reconocido por los EEUU como un Estado y conocido como el Talibán” impida que grupos armados o terroristas, incluido Al Qaeda, amenacen la seguridad de EEUU y sus aliados en suelo afgano. Y lo mismo cabe decir de su voluntad para enviar a dichos grupos un claro mensaje para que ni lo intenten, para vigilar sus actividades de financiación y reclutamiento o para negarles visados o permisos de residencia y para concederles asilo. Todo depende, en definitiva, de la buena voluntad de los talibanes y de su compromiso a la hora de cumplir los acuerdos firmados. Esperemos.

Volviendo al acuerdo de Múnich de 1938, recordemos que solo Francia y Gran Bretaña cumplieron su parte, a costa de los checos, y que finalmente los alemanes decidieron invadir Checoslovaquia un año más tarde. Esperemos que esta comparación entre acuerdos no sea afortunada y los talibanes cumplan sus compromisos, aunque la historia, a veces, es obstinada.

 

FOTOGRAFÍA:  El entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, y Abdul Ghani Baradar se reunieron en septiembre de 2020 en Doha/GETTY IMAGES

 

 

 

 

El penúltimo programa de “Solidaridad” de RNE se dedica a la reforma de la acción humanitaria española. Francisco Rey, codirector del IECAH interviene junto a Raquel González de Médicos sin Fronteras y David del Campo Director de Programas Internacionales Save de Children. Gracias especiales a Eduardo Sanz por su labor de difusión y apoyo en todos estos años a la cooperación y acción humanitaria. Esperemos que siga el compromiso de la radio pública con la solidaridad.

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