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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde

Para eldiario.es
La caída de Kabul en manos de los talibanes no es, desgraciadamente, el título de una película sino el hito más reciente de un trágico proceso en el que hay muchos más perdedores que ganadores.
Entre los primeros sobresale, con diferencia, el conjunto de los afganos que, sin haber salido en ningún momento de la miseria y la inseguridad permanente en la que han vivido estos últimos veinte años, vuelven ahora a quedar bajo el dictado de quienes ya demostraron en la última década del pasado siglo su absoluto desprecio por la vida de quienes no compartan su iluminada visión del Islam.
Entonces fueron instrumentos de otros, con Pakistán respaldando activamente sus ansias de poder y con Estados Unidos admitiendo sin titubeos su utilidad para pacificar un escenario revuelto. Hoy, inamovibles en su afán de poder, son presentados como la encarnación del mal, sin reparar en que cuentan con sustanciales apoyos internos y externos tanto o más poderosos que entonces, aunque tras la fachada de generalizada condena apenas se disimula su aceptación como un mal menor. Y no parece que las milicias locales y los antiguos ''señores de la guerra'' –auténticos señores feudales escasamente comprometidos con los derechos humanos o las necesidades de los que no pertenezcan a su grupo– vayan a resultar eficaces en su oposición armada a quienes pretenden reverdecer sus pasados laureles.
La credibilidad de EEUU
Pierde, asimismo, Estados Unidos y el resto de países que acompañaron a Washington en la desventura militarista que arrancó con la invasión de octubre de 2001. La credibilidad estadounidense como gendarme mundial y como garante último de la seguridad de sus aliados se resquebraja por completo ante el empuje talibán.
Inevitablemente, aliados como Taiwán o los países bálticos se estarán preguntando ahora mismo qué garantías reales de seguridad pueden esperar de Estados Unidos ante el empuje de Pekín o Moscú, si, a pesar de su abrumadora superioridad militar, ni siquiera ha podido hacer frente a un simple grupo irregular. En todo caso, se equivocan quienes consideran que EEUU ha fracasado en Afganistán porque los afganos se quedan desamparados y los talibanes vuelven al poder. El error deriva de no entender que el objetivo de la invasión y ocupación nunca fue el bienestar y seguridad de los casi 40 millones de afganos o democratizar el país, sino que solo buscaba responder al 11S, haciendo lo necesario para que no se repitiera algo similar.
Escenario secundario
Visto desde esa lógica se entiende que, cuando China y Rusia plantean desafíos que afectan directamente a los intereses vitales del hegemón mundial, Washington haya decidido retirarse de un escenario, a fin de cuentas, secundario en su agenda, desentendiéndose de lo que deja tras de sí.
Y ahora, si los talibanes cumplen con su parte del trato establecido con Washington en Doha en febrero del pasado año (no con el inoperante Gobierno de Ghani-Abdullah) –evitando atacar objetivos occidentales y distanciándose de Al Qaeda y Dáesh–, a nadie le va a importar si los afganos vuelven a sufrir las consecuencias de un poder tan nefasto. Y lo mismo vale para China y Rusia, siempre que los talibanes eviten traspasar líneas rojas que pudieran obligarles a tener que ir más allá de las consabidas declaraciones de condena, tan altisonantes como vacías de contenido político y militar.
No escapa a ese cartel de perdedores el conjunto de las instituciones de la comunidad internacional, por mucho que haya habido agencias humanitarias y organizaciones de la sociedad civil que hayan procurado sinceramente aliviar los efectos más brutales de una situación como la que arrastran los afganos desde hace décadas. Que la OTAN o la ONU amenacen ahora a los talibanes con no reconocerlos como interlocutores válidos no les va a quitar el sueño ni un minuto.
La victoria talibán
En el bando contrario, como ganadores netos –lo que no quiere decir que su victoria sea sostenible–, destacan obviamente los talibanes.
No han necesitado vencer batallas sobre el terreno, sino que les ha bastado con asistir a la implosión de un gobierno corrupto e incompetente, con muy escaso apoyo popular y fracturado internamente entre un presidente que ya ha abandonado el país y un rival que tan solo hace un año organizó su propia ceremonia de toma de posesión.
Por su parte, las fuerzas armadas y de seguridad han colapsado, sin voluntad alguna de defensa y dejando en manos de sus enemigos abundante material militar que ahora se vuelve en su contra. En paralelo, los talibanes han ido recabando el apoyo mercantilista de unos líderes tribales que ahora los ven como caballo ganador (y que mañana pueden volver a cambiar su apuesta) hasta el punto de que, como ahora se ha visto en Kabul, apenas ha habido grandes combates.
Pakistán es, por último, el vecino que más beneficios obtiene de lo ocurrido. Hace mucho que Islamabad lleva jugando con fuego en el territorio de su vecino, tratando de imponer allí un gobierno amigo o, al menos, uno que no plantee una amenaza a sus intereses, para poder así concentrar su atención en su tradicional enemigo, India. Lo que ahora espera es poder rentabilizar ese sostenido apoyo, aunque no cabe suponer que India se lo vaya a poner fácil.
IMAGEN: Milicias de talibanes en Kabul este domingo. EFE/EPA
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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde
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Para El País.
Si se mira hacia atrás, cuando el avance talibán parece ahora mismo imparable, la sensación de fracaso se impone a cualquier otra. Fracaso, en primer lugar, de Washington, que ni ha logrado democratizar el país (Bush dixit) ni tampoco estabilizarlo (Obama dixit). En el terreno político, y a pesar de forzar las reglas de juego de todas las maneras posibles, no ha conseguido asentar un Gobierno suficientemente legítimo y representativo. Y en el militar nada puede disimular la amarga sensación de derrota de unas fuerzas que no han podido acabar con Al Qaeda, objetivo principal de su invasión en octubre de 2001, a pesar de su abrumadora superioridad numérica y tecnológica.
Un fracaso que cabe aplicar, asimismo, al resto de aliados estadounidenses (España incluida) y, sobre todo, al Gobierno afgano, liderado primero por Hamid Karzai y ahora por el inoperante tándem Ghani-Abdullah. Cualquiera de las mejoras puntuales que hayan podido introducir estos palidece ante el tenebroso panorama de un país empobrecido y violentado sistemáticamente como resultado del sectarismo, la corrupción y la incompetencia de las autoridades locales. Y aunque solo cabe suponer que con el auge talibán la inmensa mayoría de los casi 40 millones de afganos van a salir perdiendo aún más, sería erróneo pensar que, tras 20 años de ayuda externa, se había llegado ya a un punto en el que las necesidades básicas estuvieran cubiertas, la seguridad física estuviera garantizada o fuera posible ejercer plenamente los derechos y libertades más elementales. A eso se añade que las fuerzas armadas y de seguridad afganas nunca han logrado ostentar el monopolio legítimo de la fuerza, impotentes ante el desafío que les han planteado simultáneamente actores armados de todo signo y vecinos interesados en inmiscuirse permanentemente en sus asuntos internos, con Pakistán a la cabeza.
A partir de ahí, si se mira hacia adelante desde una óptica estrictamente realista, la sensación dominante es la de pánico, apenas disimulado. Los talibanes no detendrán su avance hasta contar con una posición de fuerza que les permita tomar directamente el poder o, como mínimo, imponer sus condiciones a un Gobierno incapaz de reaccionar. Cuentan para ello con su propia determinación de instalarse en Kabul para gestionar el país aplicando su estricta visión del islam, así como con la creciente desafección ciudadana con unos gobernantes tan impopulares.
Además, calculan que, si no hacen algo que afecte a los intereses vitales de las grandes potencias (volver a golpear en Europa o EE UU; acoger o apoyar a los uigures; aliarse abiertamente con Al Qaeda o el ISIS) ninguna de ellas querrá pasar por el mismo calvario de tratar de imponer su dictado en Afganistán. En paralelo, el vecino más interesado vitalmente en guiar sus futurospasos, Pakistán, no será precisamente quien vaya a cortarles el paso hacia Kabul. Por supuesto, los perdedores netos de esta deriva serán, como siempre, los afganos. Pero ¿cuándo ha importado realmente su suerte?
FOTOGRAFÍA: Afganos varados en Chamán, en la frontera de Pakistán y Afganistán, esperan para cruzar este viernes
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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde

Para Blog Elcano.
Las aguas del Nilo, que bañan a once países, bajan cada vez más turbias desde hace una década. Justo desde el momento en el que Etiopía puso en marcha el macroproyecto de construcción de la llamada Gran Presa Etíope del Renacimiento, ubicada en la región noroccidental de Benishangul-Gumuz, con un presupuesto estimado en unos 4.500 millones de euros. Y ahora, cuando Adis Abeba anuncia que comienza su segundo llenado, la tensión parece alcanzar un punto máximo, tras los sucesivos fracasos de mediación registrados, incluyendo el de la administración de Donald Trump el pasado año. Llegados a este punto, queda por ver si algún mediador logra frenar la dinámica belicista que El Cairo alimenta, al considerar que la pretensión etíope es una amenaza directa a sus intereses vitales, o si efectivamente ambos países, con Sudán como tercer implicado, acaban chocando directamente.
La existencia de unos 260 ríos internacionales supone otros tantos focos de potencial conflictividad, si no se logran acordar fórmulas de gestión común que garanticen el acceso a un recurso cada vez más escaso. En relación con el río más largo del mundo, el problema arranca con el acuerdo por el que, en 1959, Londres bendijo un reparto de esas aguas que concedía a Egipto 55.500 millones de metros cúbicos al año (el 75% del total), más otros 18.500 a Sudán, sin tener en cuenta en ningún caso a Etiopía, que ya entonces declaró que no reconocía lo decidido, en última instancia, por la principal potencia colonial de la zona.
Desde aquel momento el desencuentro no ha hecho más que agrandarse. Por un lado, El Cairo argumenta que el río supone más del 90% de toda el agua dulce de la que dispone Egipto, contando con que ya tiene que importar más de la mitad de los productos alimenticios que consumen los 105 millones de egipcios, y que ya desaliniza anualmente unos 25.000 millones de metros cúbicos. Y añade que, si Etiopia completa su presa al ritmo que plantea –contando con que las aguas del Nilo Azul que traspasan la frontera con Sudán suponen el 86% de todas las que recibe Egipto (el 95% en época de crecidas) –, eso supondría la pérdida de más de un millón de puestos de trabajo y más de 1.800 millones de euros en producción agrícola. Todo ello sin olvidar que, según un acuerdo de 1902, Etiopía se comprometió a no construir ninguna presa en las aguas del Nilo Azul sin el consentimiento de Egipto. Aun suponiendo que esas cifras fueran realistas, no cabe duda, como defiende Adis Abeba, de que la presa –que puede llegar a almacenar unos 74.000 millones de metros cúbicos– va a suponer un salto muy relevante para el desarrollo de un país que ya supera los 110 millones de habitantes, tanto por la posibilidad de poner en regadío muchas tierras para mejorar la seguridad alimentaria del país, como por la conversión de Etiopía –donde solo un tercio de la población tiene acceso a la energía eléctrica en sus domicilios– en el mayor productor y exportador africano de energía eléctrica (de la que también se beneficiarían Sudán y Yibuti), con una capacidad de más de 6.400 megavatios.
Hasta ahora, incluyendo el intento de abril de este año de revitalizar las negociaciones en Kinshasa, no ha sido posible alcanzar un punto de acuerdo entre ambos países, sobre todo en relación con el ritmo de llenado de la presa. Etiopía plantea hacerlo en un periodo de dos a tres años, mientras que Egipto exige que sean entre cuatro y siete para evitar interrupciones o reducciones de suministro por debajo de la cifra que se le concedió en el citado acuerdo. Entretanto, el gobierno etíope de Abiy Ahmed Ali ha decidido empezar el relleno de la presa por segundo año, aprovechando las lluvias entre junio y septiembre, con el objetivo de conseguir acumular otros 13.000 millones de metros cúbicos, sumados a los 4.900 del pasado año.
En paralelo, ambos países se han enzarzado en una ofensiva diplomática con la que tratan de ganar aliados a su causa. Y aunque, en principio, parece que El Cairo acumula más apoyos, la realidad demuestra que ni siquiera ha conseguido que la Unión Africana se ponga totalmente de su lado. Quizás por eso se vuelven a escuchar mensajes belicosos por parte de su presidente, Abdelfatah al-Sis, recordando lo que ya en 1979 llevaba a Anuar el Sadat a declarar que el único motivo que podía llevar a Egipto a la guerra era el agua del Nilo. En esa línea hay que entender el esfuerzo egipcio por firmar nuevos acuerdos de cooperación militar con Sudán, en junio de este mismo año, así como con Uganda (en abril) y otros países ribereños. El Consejo de Seguridad de la ONU tiene, de momento, la palabra.
IMAGEN: Barcos en el río Nilo, Aswan, Egipto. Foto: Mo Gabrail (@gabrail)
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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde

Para elperiódico.com
Por mucho que Washington quiera disimular el desastre, tras 20 años de presencia militar en Afganistán, los datos no permiten escapatoria alguna. Desde que Joe Biden anunció la retirada, el pasado 14 de abril, los acontecimientos se han precipitado en una única dirección: los talibanes vuelven.
Los mismos talibanes que en los primeros noventa fueron empleados como carne de cañón local -apoyados por Washington e Islamabad- para pacificar el país y luego, tras el 11-S, fueron demonizados por su alianza con Al Qaeda. Los mismos que ahora están a punto de volver a tocar poder en Kabul, aprovechando inteligentemente el cansancio estratégico estadounidense y sus premuras en otros escenarios para acelerar su estrategia de fuerza frente a un Gobierno y unas Fuerzas de Defensa y Seguridad Nacional Afganas (FDSNA) absolutamente inoperantes.
La democracia y el Estado de derecho están lejos, con un gobierno escasamente representativo, incapaz de frenar la corrupción y de cubrir las necesidades básicas de los afganos
Cabe recordar que EEUU fue a Afganistán para vengar el 11-S, no para atender las necesidades y demandas de la población local. Y ahora lo deja nuevamente abandonado a su suerte, sabiendo que la población civil (y, sobre todo, las mujeres) sufrirá lo indecible ante unos talibanes envalentonados. En términos políticos la democracia y el Estado de derecho están hoy tan lejos como entonces, con un gobierno escasamente representativo en el que difícilmente conviven Ashraf Ghani y Abdullah Abdullah (ambos organizaron en 2020 su propia ceremonia de toma de posesión), incapaz de frenar la enorme corrupción existente (alimentada desde el exterior) y de cubrir al menos las necesidades más básicas de los casi 40 millones de afganos. Olvidada la democratización que decía inspirar a George W. Bush, tampoco se ha logrado la estabilización que Obama planteaba como objetivo principal. Por el contrario, los yihadistas, tanto de Al Qaeda como de Dáesh, siguen muy activos, mientras se registran fuertes combates en 26 de las 34 provincias afganas. Y lo que más destaca no es tanto la capacidad de combate de los talibanes como el colapso de unas FDSNA, que rehúyen el combate. Todo ello mientras la economía no da señales de mejora, lo que no quita para que siga floreciendo el mercado de la amapola opiácea, fuente principal de ingresos para muchos de los señores de la guerra que ahora vuelven a cobrar macabro protagonismo.
El único punto que los talibanes han cumplido del acuerdo de Doha- que no fue un acuerdo de paz sino la certificación de la derrota estadounidense- es el de no atacar a las fuerzas estadounidenses desde entonces, cuidando de golpear en un nivel que no provoque la reversión de una retirada que ahora, con la entrega de la base aérea de Bagram, ya no tiene marcha atrás. Ni el millar de soldados ni los 17.000 contratistas privados que Washington dejará en el país podrán garantizar la seguridad de las legaciones diplomáticas y del aeropuerto de Kabul, ni mucho menos mejorar sustancialmente la operatividad de las FDSNA. A cambio, han logrado la liberación de miles de sus milicianos, limpiar el terreno de tropas extranjeras y controlar el proceso político con el Gobierno nacional, bloqueando cualquier acuerdo mientras avanzan sin freno en el control de más y más distritos del país.
Pero, por penoso que sea el balance cosechado -que también cabe aplicar a una España que nunca ha tenido una estrategia propia, más allá de contentar a Washington-, lo más importante es lo que ocurra en el inmediato futuro. Un futuro en el que el único atisbo de respuesta proviene de la creciente reacción local ante el avance talibán. Junto a las crecientes críticas ciudadanas por el innegable abandono gubernamental se habla ya de una “segunda resistencia”, con acciones armadas protagonizadas por milicias que buscan garantizar su propia seguridad. Una imagen que, más allá de visiones románticas sobre el pueblo en armas, nos retrotrae al Afganistán dominado por grupos armados irregulares, liderados por personajes que buscaban su propio beneficio en el marasmo político provocado por la falta de un gobierno funcional.
Mucho más preocupante que lo que le ocurra a la imagen de EEUU como supuesto líder del mundo libre, es el futuro que les espera a los afganos. Y apenas hay ningún dato positivo al que aferrarse hoy para mantener la esperanza.
IMAGEN: Fuerzas paramilitares que apoya al Ejército afgano en su lucha contra los talibanes. / REUTERS
