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TÚNEZ

 

Para Blog Elcano.

 

Ahora –cuando se cumplen precisamente diez años de la revolución egipcia, con un régimen golpista férreamente decidido a mantenerse en el poder a base de represión indiscriminada contra cualquier clase de crítica o disidencia– Túnez vuelve a llamar la atención en el mundo árabe como el síntoma más visible de los problemas que ha sufrido el proceso que algunos se empeñaron en llamar “primavera árabe”, al margen de lo que la realidad ya mostraba desde su arranque, el 17 de diciembre de 2010, con la inmolación de Mohamed Bouazizi. Y lo que revelaba, como ahora vuelve a quedar de manifiesto con la nueva expresión de protesta ciudadana en las calles tunecinas, es que:

 

 

Lo que ahora se vuelve a vivir en Túnez, con un proceso de movilizaciones que se ha intensificado abiertamente desde el pasado día 14 (en el marco de la conmemoración de la caída de Ben Alí hace una década), va más allá de una recurrente expresión de hartazgo y frustración ante el alto nivel de corrupción e ineficiencia de los responsables políticos– sea para atender a una pandemia que ya ha provocado más de 6.000 muertos, o para crear suficientes empleos en una economía que sigue con un encefalograma plano tanto por el desastre de una industria turística que no remonta, como por la falta de reformas estructurales que permitan una vida digna al conjunto de los once millones y medio de tunecinos.

Aunque el primer ministro tunecino, Hichem Mechichi, ha querido ganarse las simpatías de los manifestantes mostrando su comprensión con las movilizaciones, y ha llevado a cabo retoques en el gabinete ministerial, parece claro que no está en condiciones de mejorar la situación a corto plazo. Su debilidad existencial –como un producto prefabricado de la mano del presidente Kais Said, que cuenta con el apoyo de cinco fuerzas políticas, encabezadas por Ennahda (52 diputados) y el populista Qalb Tunis (27)– ya le auguraba una corta vida política cuando se conformó el pasado septiembre. Y desde entonces, en un contexto de crisis permanente, la duración de los gobiernos se ha ido acortando aún más, hasta llegar a contabilizar una decena desde el arranque del cambio político.

A estas alturas parece claro que, en el lado positivo, Túnez ha logrado dar pasos muy significativos en el campo político, con libertades y transformaciones que no encuentran paralelismo en países vecinos. Sin embargo, no puede decirse lo mismo en el terreno económico, como lo pone de manifiesto el hecho de que la deuda externa ya supera el 80% del PIB; el crecimiento económico apenas llegue al 2%; el déficit por cuenta corriente se mantenga alrededor del 10% del PIB; y la corrupción y la generalizada evasión fiscal sigan detrayendo recursos y capacidades imprescindibles para salir del túnel en el que lleva tanto tiempo metido. Y en estas circunstancias vuelve a surgir con fuerza la misma pregunta que hace una década: ¿dónde está la Unión Europea?

 

IMAGEN: Sentada de “Errahil” en la Asamblea Nacional Constituyente tras el asesinato del diputado Mohamed Brahmi en Túnez (2013). Foto: Amine GHRABI (CC BY-NC 2.0)

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