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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde

Para el Equal Times.
A finales de 2019 se había vuelto a batir un récord histórico, con 79,5 millones de personas forzosamente desplazadas de sus lugares y hogares de origen. Personas iguales que nosotros, con vidas, necesidades y sueños muy similares, pero para las que conceptos como vida digna, hogar, derechos, estabilidad, bienestar, seguridad… solo son hoy palabras vacías. En la imagen, migrantes en un centro de registro de Lampedusa, Italia.
El contraste es brutal. Por un lado, se suceden las declaraciones de preocupación y condolencia ante cada nueva tragedia humana, y hasta se promete, como acaba de hacer la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que la política de asilo e inmigración de la Unión Europea (UE) será “solidaria y con un enfoque humano”. Pero por otro, hace ya tiempo que el Mediterráneo se ha convertido en un gigantesco cementerio y casos como el incendio del campo de refugiados de Moria (Lesbos) muestran que, por el contrario, el enfoque es fundamentalmente insolidario, securitario e inhumano.
Y así viene siendo desde que, en 1999, la UE estableció las bases de una política común de asilo e inmigración centrada en la gestión policial de las fronteras interiores y exteriores y en la cooperación entre los Estados miembros para repartirse la carga, al tiempo que decían comprometerse en sumar esfuerzos para garantizar un trato justo a los extranjeros que pisaran suelo comunitario y en luchar contra las mafias que trafican con los desesperados. Frente a ese legítimo (aunque cuestionable e insuficiente) planteamiento, lo que ha ocurrido en la práctica es que se ha impuesto el cortoplacismo y el más rancio nacionalismo de unos gobiernos nacionales obsesionados, por una parte, por no perder el control de sus fronteras y, por otra, por el temor a que sus adversarios políticos puedan aprovechar electoralmente cualquier medida congruente con los principios que nos definen como democracias plenas.
De ese modo se explica que, en un desesperado y suicida “sálvese quien pueda”, unos y otros hayan optado por reforzar de manera bien visible una política eminentemente securitaria que se limita a gestionar las consecuencias de tantos errores acumulados.
Errores que arrancan con un ejercicio de amnesia autoinducida que lleva a olvidarse de la corresponsabilidad histórica en la creación de situaciones que acaban generando oleadas crecientes de desplazados forzosos.
En buena parte, los actuales flujos de población hacia territorio comunitario se explican por una prolongada injerencia occidental en clave geopolítica y geoeconómica que no tiene en cuenta los deseos y necesidades de las poblaciones locales. Y no se trata solo de lo ocurrido en una época colonial formalmente superada, sino de una práctica que se mantiene en nuestros días, lo que incluye una salvaje explotación de recursos ajenos y el apoyo a gobernantes más centrados en la defensa de sus privilegios personales y corporativos que en la atención a sus conciudadanos.
A partir de ahí, lo que completa ese depredador modelo de relaciones es una decidida apuesta por los instrumentos policiales (con Frontex a la cabeza), para frenar por la fuerza a los que pretenden alcanzar lo que equivocadamente perciben como el paraíso europeo. El marco se completa con un nuevo olvido de las normas más básicas del derecho marítimo, del derecho internacional humanitario y de los compromisos adquiridos por cada uno de los Veintisiete al firmar la Convención del Estatuto de Refugiados (1951), que les obligan a asistir y proteger a toda persona que trata de poner a salvo su vida huyendo de una situación de violencia o catástrofe natural.
El último pilar de ese modelo securitario consiste en conseguir la colaboración de los gobiernos de tránsito —a cambio de apoyo político y económico—, para que aborten ya en primera instancia esos movimientos hacia la idealizada Europa y para que acepten la repatriación forzosa a sus propios territorios de quienes hayan logrado llegar a ella, aun cuando es bien sabido que eso supone dejarlos en manos de quienes escasamente van a preocuparse por cubrir sus necesidades básicas y atender sus peticiones.
Si ese marco de actuación ya es criticable por todo lo que supone de dejación de funciones, incumplimiento de compromisos internacionales y colaboración con atrocidades sin fin a manos de mafias y gobiernos, todavía lo es más por la sencilla razón de que no funciona. Y, mientras tanto, como nos recuerda el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, a finales de 2019 se había vuelto a batir un récord histórico, con 79,5 millones de personas forzosamente desplazadas de sus lugares y hogares de origen. Personas iguales que nosotros, con vidas, necesidades y sueños muy similares, pero para las que conceptos como vida digna, hogar, derechos, estabilidad, bienestar, seguridad… solo son hoy palabras vacías.
El problema no es que vengan, sino que no vengan
Por eso, aunque solo sea porque ya hemos aprendido que la desesperación y la aspiración a una vida digna no se detienen ante un despliegue policial o un muro, por alto e intimidatorio que parezcan, deberíamos dibujar una senda alternativa que, de acuerdo con nuestros principios y obligaciones, tenga al menos en cuenta la necesidad imperiosa de:
- Llevar a cabo un esfuerzo de pedagogía política que desmonte bulos y presente la realidad en sus justos términos. Eso supone recordar que no son más de 250 millones las personas que residen permanentemente en un país distinto al de su nacimiento; es decir, tan solo el 3,3% de la población mundial. Para desmontar el discurso de la supuesta invasión, que tan eficazmente manejan los populistas, basta con recordar que nueve de cada diez migrantes africanos y ocho de cada diez asiáticos se trasladan a otro país de su mismo continente. Del mismo modo, frente al argumento sobre su excesivo coste para las arcas del Estado, hay datos suficientes que demuestran que ese colectivo inmigrante aporta a los Estados receptores mucho más de lo que reciben en políticas sociales, tanto por sus aportaciones al mercado laboral y las cuentas públicas, vía impuestos, como por el rejuvenecimiento de sociedades tan envejecidas como las de los Veintisiete.
- Explorar otra vía que, desde una perspectiva que solo puede ser multilateral y multidimensional, busque la plena integración social, política y económica de quienes ya están entre nosotros, al tiempo que se combate la xenofobia con una pedagogía que los poderes públicos, los sistemas educativos y los medios de comunicación deben liderar; y se llena de contenido el concepto de igualdad de oportunidades. Igualmente implica emplear parte de los ingentes medios de los que disponemos para paliar sus penurias desde el origen hasta el destino, restableciendo la posibilidad de que puedan presentar sus solicitudes de asilo y refugio en los consulados y embajadas de cualquier país de la Unión en sus propios países de origen, sin tener que arriesgar sus vidas y ponerlas en manos de mafias asesinas para hacerlo físicamente en el país de destino.
- Entender, por último, que el problema no es que vengan, sino que no vengan. Dada nuestra situación y perspectivas demográficas, resumidas en bajo crecimiento vegetativo y creciente envejecimiento, es obvio reconocer que necesitamos que vengan, sin que eso signifique que por sí solos vayan a resolver nuestro problema. A partir de ahí, y para evitar el inevitable impacto que los flujos de población descontrolados siempre provocan, se trata de analizar cómo podemos contribuir a crear unas condiciones de vida digna para esas personas en sus lugares de residencia. Y de inmediato podemos concluir que no basta con el tan mítico como incumplido compromiso de dedicar el 0,7% del PIB nacional de los países desarrollados a los menos favorecidos. Es cada vez más necesario repensar el actual modelo de comercio, aspirando a que sea realmente justo, así como la discriminatoria arquitectura financiera internacional de nuestros días, el tratamiento de la deuda externa acumulada impropiamente por muchos de esos países (o, mejor dicho, gobernantes) o la escasa transferencia de tecnología que está potenciando, entre otras cosas, una seria brecha que condena a regiones enteras.
Y de ese modo, aunque solo sea por egoísmo inteligente, se puede construir un proyecto muy distinto al actual. Un proyecto que entienda que hoy es imposible crear una fortaleza impenetrable dentro de la que esconderse y desentenderse de lo que ocurre fuera de ella. Por lo tanto, por nuestro propio desarrollo y seguridad debemos implicarnos directamente en el desarrollo y la seguridad de quienes nos rodean. De momento, lo que acaba de presentar la Comisión Europea (este 23 de septiembre), con el rimbombante nombre de Nuevo Pacto de Migración y Asilo, parece haber entendido la música (abolir el convenio de Dublín; establecer un mecanismo de solidaridad…). Queda por ver si los Estados miembros, que son los que tienen el grueso de responsabilidad y de competencias reales en este terreno, están dispuestos a aplicarlo.
FOTOGRAFÍA: EC Audiovisual Service/Mario Laporta
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- Escrito por Jesús A. Núñez Villaverde

Para ElDiario.es
Fue bajo el impacto inmediato de los atentados del 11 de septiembre cuando la Asamblea General de la ONU decidió que, a partir de 2001, cada 21 de septiembre se celebraría el Día Internacional de la Paz. Según los datos de la Escola de Cultura de Pau, el año pasado se contabilizaron 34 conflictos armados y 94 escenarios de tensión en el mundo. Dado que la principal razón de ser de las Naciones Unidas es precisamente "preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra", cabría concluir que hoy hay muy poco que celebrar y que la ONU resulta inservible.
Para afinar ese juicio habrá quien se fije más en la tendencia histórica a la reducción del nivel de violencia en el planeta. Es innegable que hoy las cifras de muertes violentas afortunadamente palidecen al compararlas con las registradas, por ejemplo, en las dos guerras mundiales del pasado siglo. Se estima que de los 65 millones de fallecimientos que se producen cada año en el mundo, los calificados como violentos rondan los 1,6 millones –de los cuales la mitad son suicidios, un 30% son homicidios y asesinatos y las guerras "tan solo" suponen el restante 20%–. Pero también habrá quien no olvide que la paz es algo más que ausencia de violencia, que la población desplazada bate récords cada año y que el hambre sigue matando en un mundo tan tecnificado, entre otras.
Por lo que respecta a la ONU también habrá quien prefiera resaltar sus éxitos, poniendo fin a algunas guerras o resolviendo disputas por vías pacíficas. Pero también es cierto que en sus 75 años de historia son cada vez más sonoros sus fracasos y su impotencia para contribuir a un mundo más justo, más seguro y más sostenible. Sea como sea, lo que parece evidente hoy es que la ONU ha ido quedando marginada en el escenario internacional, convertida apenas en un órgano que las principales potencias procuran instrumentalizar a su favor y donde los pequeños se desgañitan, buscando eco a sus demandas.
La ONU, convertida apenas en un cajón de sastre para paliar a posteriori las consecuencias humanitarias de crisis que no se ha sabido o podido detener, es un órgano anacrónico en la medida en que ni refleja la relación de fuerzas actuales en el planeta ni dispone de un mecanismo de decisión operativo y adaptado al mundo globalizado de hoy. El problema se agrava cuando se constata que actualmente no hay una voluntad suficiente entre sus 193 miembros para llevar a cabo su actualización, reformando tanto sus organismos internos como sus procesos de toma de decisiones.
La última vez que se planteó seriamente dicha reforma ya queda muy lejos. Fue el 21 de marzo de 2005 cuando Kofi Annan presentó un informe bajo el título Un concepto más amplio de libertad: desarrollo, seguridad y derechos humanos para todos. El documento se atrevía a soñar con un Consejo Económico y Social convertido en un órgano ejecutivo para liderar los cambios necesarios para no dejar a nadie atrás, al tiempo que pretendía modificar la composición del Consejo de Seguridad –haciéndolo más representativo del mundo actual y reformulando su sistema de toma de decisiones, con el veto como asunto más controvertido– y hasta conformar un Consejo de Derechos Humanos situado al mismo nivel que los otros dos. Se entendía así que no puede haber desarrollo sin seguridad, ni seguridad sin desarrollo y ni uno ni otro sin pleno respeto por los derechos humanos.
Desgraciadamente, de ese ambicioso proyecto solo se ha concretado hoy la transformación de la Comisión en Consejo de Derechos Humanos, con el añadido de una Comisión de Construcción de la Paz sin presupuesto propio y la aprobación de un principio de Responsabilidad de Proteger que no es jurídicamente vinculante.
Por lo demás, la organización no ha logrado librarse de las críticas por su mejorable gestión interna y por los escándalos que han lastrado la labor de los "cascos azules" en demasiadas ocasiones. Y, por supuesto, tampoco ha logrado contar con un presupuesto acorde con sus funciones, sirva de ejemplo el hecho de que en 2019 el presupuesto para las operaciones de paz se redujo un 7,5% con respecto al año anterior, para quedarse en 6.700 millones de dólares (menos del 0,5% del gasto militar mundial).
Visto así, parecería que lo más aconsejable podría ser desmantelar la ONU. Sin embargo, con todas las insatisfacciones que pueda provocar un panorama tan poco alentador, de inmediato hay que señalar que tal decisión supondría directamente regresar a la ley de la jungla, en la que los más fuertes podrían actuar a sus anchas.
Es obvio que necesitamos más ONU, entendida como una policía mundial que sirva para vigilar que todos los miembros de la comunidad internacional se ajustan a las reglas del juego que nos hemos dado desde 1945. También para castigar efectivamente a quien se las salte. Pero no vale cualquier ONU, sino una que sea capaz de responder multilateral y multidimensionalmente a los desafíos de hoy, empezando por eliminar las brutales brechas de desigualdad que constituyen el factor belígeno más potente. Si queremos la paz, debemos trabajar por ella.
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- Escrito por IECAH

Ante el incremento del discurso del odio contra lo(a)s migrantes en los medios de comunicación hegemónicos, las herramientas comunicativas (audiovisual, redes sociales...) se plantean como posibles herramientas contra discurso para la construcción de una sociedad intercultural, y el fomento de una ciudadanía informada y abierta al fenómeno migratorio. Desde el tratamiento de esta problemática por parte de las organizaciones de desarrollo, pasando por la visión de los protagonistas de estas historias, en este webinar haremos un repaso de las posibilidades que permite el medio audiovisual como motor de cambio social.
Antonio Grunfeld, es especialista en desarrollo y cambio social, cooperante y documentalista. Su labor como documentalista se ha centrado principalmente en crear obras de carácter social y cultural, con especial énfasis en el tema migratorio. Trabaja en la ONG AGARESO (Asociación Galega de Comunicación para el Cambio Social), en países como Guinea Ecuatorial, Marruecos o Guatemala, haciendo uso de la comunicación como herramienta de cambio social, ya sea en formato radio, fotografía o vídeo. Sus dos últimos documentales abordan el fenómeno migratorio desde distintos puntos de vista. ‘Tras la valla’ nos acerca de primera mano los testimonios de Fatumatah y Kone, dos emigrantes subsaharianos que se encuentran bloqueados en Marruecos, en su intento por intentar cruzar a Europa. ‘Manoliño Nguema’, un largometraje documental que cuenta la vida de Marcelo Ndong, un ecuatoguineano que tuvo que emigrar a Galicia (España) para más tarde convertirse en el abuelo del circo y del teatro de Guinea Ecuatorial. Los documentales dirigidos por Antonio se han mostrado y han sido premiados en festivales como MiradasDoc, Green Film Festival de Shanghái, Bienal de Cine Científico de Ronda-Madrid-México, Green Me Global Festival for Sustainability de Berlín, o el Festival Internacional de Cine Solidario KO&DIGITAL.
¿Cuándo?: el JUEVES 1 de OCTUBRE a las 16:30h (CET).
¿Dónde?: en la plataforma ZOOM, en el siguiente enlace.
¿Quién?: La actividad es abierta y gratuita (inscripciones aquí). El evento se ha diseñado tanto para los participantes en el Curso de Introducción a las Migraciones Forzadas como para cualquier persona interesada en esta cuestión.
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- Escrito por IECAH

Fruto de las actividades que el IECAH lidera en el consorcio Inspire* la DG ECHO ha publicado el Informe de análisis 2016-2017 sobre el Marcador de Género y Edad.
El Marcador de Género y Edad es una herramienta lanzada en el año 2014 por la Comisión Europea que permite evaluar el grado en el que la acción humanitaria integra ambas dimensiones y pretende, gracias a ello, mejorar la calidad de la acción humanitaria.
En octubre de 2018, la DG ECHO publicó el primer informe de análisis de este marcador, tomando como referencia los años 2014 y 2015. Este informe destacó la importante utilidad del marcador, llamando a los socios de ECHO a seguir utilizándolo y a fomentar las capacidades en género y edad.
El informe que ahora se publica, segunda valoración del marcador, tiene como objeto de estudio los años 2016-2017. Fruto del trabajo realizado, el informe resalta una las siguientes conclusiones:
- La constatación de una mejora general en la integración de las consideraciones de género y edad en la acción humanitaria.
- La existencia de diversos niveles de éxito en el cumplimiento de los cuatro criterios de los que se compone el marcador.
- La constatación de discrepancias entre la puntuación dada por la DG ECHO y la otorgada por los socios.
- Una mejora en la cumplimentación de los datos del marcador, pero a la vez, el surgimiento de nuevos retos.
- La necesidad de que las puntuaciones sean más significativas, en el sentido de que existen numerosas discrepancias entre las puntuaciones dadas por los diferentes actores que las otorgan.
Gracias a estas, el informe recomienda:
- Mejorar las capacidades en relación con el marcador.
- Aplicar el marcador de una manera correcta durante todo el ciclo del proyecto.
En el 2020, la DG ECHO también llevará a cabo una evaluación de la aplicación de su Política de Género (2013) para el período 2014-2018. Esta evaluación también examinará el impacto del marcador de género y edad con lo que los datos reunidos mediante este análisis constituirán una aportación útil para la misma.
* La DG ECHO ha seleccionado Groupe Urgence-Réhabilitation-Développement (Groupe URD), Global Public Policy Institute (GPPi), el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción humanitaria (IECAH) y el Overseas Development Institute (ODI), a través de una convocatoria abierta para licitación, para apoyarle en el desarrollo y la implementación de políticas a través de la investigación, la facilitación de talleres y la difusión de resultados.
"Gender-Age Marker (June 2020): Assessment Report 2016 and 2017"