ponencia

 

El pasado lunes 5 de octubre tuvo lugar en Foro de Foros la Conversación Intergeneracional “Hola Pekín, Adiós Washington: el rediseño de Oriente Próximo” dentro de el capítulo #ForoAsia y en cual participó Jesús Nuñez, Codirector del IECAH, junto con María Dolores Algora, Investigadora en la UFV y Colaboradora en el Real Instituto Elcano y Claudio Feijóo, Catedrático y Director para Asia en la Universidad Politécnica de Madrid. El evento fue moderado por Georgina Higueras, Directora de #ForoAsia e intervinieron como Conversadores.

 

 

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DDR

 

Por Francisco Rey Marcos y Alicia Daza Pérez.

 

En el año 2009 la Asamblea General de Naciones Unidas decidió establecer el 13 de octubre de cada año como la fecha en que se celebra el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres. En esta ocasión está dedicado en la Gobernanza del Riesgo y por tanto en su inclusión en las políticas públicas de todos los estados. Tema que cobra especial relevancia en la actual situación marcada por los impactos de la pandemia del COVID-19 y por como esta crisis ha puesto de manifiesto los enormes vacíos en materia de gobernanza tanto en el plano internacional como nacional. Y en el caso de nuestro país, como se está poniendo en evidencia estos días, en los planos regional y local.

 

Pese a que en las últimas décadas se ha producido un aumento del número y la gravedad de los desastres de todo tipo y que han aparecido nuevas amenazas o empeorado otras preexistentes, la comunidad internacional sigue siendo bastante timorata para incorporar esta constatación de que vivimos con el riesgo en los acuerdos internacionales y, sobre todo, en las políticas públicas nacionales. La crisis sanitaria, social y económica provocada por la pandemia de la COVID-19 parecería ser una oportunidad para avanzar en materia de predicción, reducción, mitigación y preparación ante estos riesgos y, sin embargo, mucho nos tememos que no va a ser así. La crisis ambiental tampoco parece que esté generando este tipo de enfoques.

 

En el año 2004 se publicó el informe Vivir con el riesgo: Informe mundial sobre iniciativas para la reducción de desastres, elaborado por la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD) de Naciones Unidas. El informe ponía énfasis en algo que ya era evidente para numerosas personas y colectivos: vivimos en sociedades de riesgo, como decía Ulrich Beck, de riesgos cada vez más diversos y cambiantes y, por tanto, debemos prepararnos para afrontarlos. Este documento y, sobre todo, el impacto que tuvo el tsunami que asoló las costas asiáticas a finales del mismo año, hicieron que en enero de 2005 se aprobara el Marco de Acción de Hyogo (MAH) para la reducción del riesgo de desastres, acuerdo firmado por más de 160 países que se comprometían a avanzar en el objetivo de reducir el riesgo de que se produzcan desastres. Aunque el acuerdo era limitado y muy centrado en los mal llamados desastres “naturales” o en los tecnológicos, suponía un avance conceptual y político relevante al formalizar esta idea de “reducción del riesgo”, frente a la conceptualización anterior de reducción de los desastres. Del riesgo entendido como resultado de la interacción de posibles amenazas con sociedades con diversos grados de vulnerabilidad y capacidades. En las definiciones convencionales de las Naciones Unidas el riesgo es la “Posibilidad de que se produzcan muertes, lesiones o destrucción y daños en bienes en un sistema, una sociedad o una comunidad en un período de tiempo concreto, determinados de forma probabilística como una función de la amenaza, la exposición, la vulnerabilidad y la capacidad”. El riesgo es algo socialmente construido, que varía por tanto de sociedad a sociedad y que evoluciona históricamente.

 

El MAH tuvo mucho impacto sobre todo en los países más proclives a eventos catastróficos y fue sustituido en el año 2015 por el Marco de Acción de Sendai que incorpora muchas de las lecciones aprendidas en esos 10 años También dio lugar a la creación de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) que sustituye a la EIRD. Sendai avanza, además, en la idea de entender los riesgos como algo sistémico, más allá de una única amenaza.  Pensemos, por ejemplo, en el cambio climático debido al calentamiento global, que, en estos momentos, contribuye a la degradación ambiental y a la pérdida de biodiversidad, con los efectos consiguientes en la producción de las cosechas y de los alimentos, el comercio internacional, la volatilidad de los mercados financieros y la inestabilidad política, entre otras variables.

 

Sin embargo, pese a estos avances en materia de comprensión de los riesgos y su naturaleza sistémica, uno de los problemas que aparece cada vez como más relevante en el plano internacional es la falta de coherencia entre las diversas “agendas” internacionales, centradas solo en ciertas temáticas y no en el abordaje sistémico de los asuntos. La Agenda 2030 y los ODS, aparentemente la más importante para los países, apenas incorpora alusiones a que el camino hacia el deseado desarrollo sostenible está plagado de riesgos (desastres de todo tipo, crisis climática, pandemias, conflictos violentos, nuevas formas de violencia, desplazamientos forzados…). Es una agenda básicamente optimista que parte de un análisis excesivamente vago de los verdaderos problemas y riesgos que pueden afectar ese desarrollo sostenible que propone. Nada perjudica más al desarrollo que los desastres y, sin embargo, se sigue repitiendo el circulo vicioso de desastre-respuesta centrada en la emergencia-recuperación-repetición. Pese a la defensa a ultranza de la Agenda 2030 para muchos sectores, la respuesta a la pandemia debería servir para ver sus limitaciones, evitar repetir los patrones tradicionales de respuesta y tratar de modificarla.

 

Tampoco la Agenda de París y los diversos acuerdos en materia de cambio climático incluyen de modo coherente alusiones al riesgo en línea con el Marco de Acción de Sendai. Cuestiones como los desplazamientos forzosos producidos por la crisis climática, la interacción de diversos fenómenos diferentes, incluidos los climáticos, en el riesgo de desastres, no son analizados de forma sistemática en la Agenda de París. Según el GAR (Informe de Evaluación Global sobre la Reducción del Riesgo de Desastres 2019),  el cambio climático es uno de los factores destacados que impulsan y agudizan las pérdidas ocasionadas por los desastres y el fracaso del desarrollo. Se trata de un fenómeno que aumenta la intensidad del riesgo. Los procesos para reducir el riesgo tienen múltiples puntos de conexión con la mitigación del cambio climático, la adaptación a ese cambio y la disminución de la vulnerabilidad relacionada (p. ej., el aumento de la seguridad en la propiedad de la tierra y la mejora del acceso a la electricidad y los servicios de extensión agraria pueden facilitar la atenuación de las sequías). Sin embargo, como dicen muchos informes, pocos planes de reducción del riesgo de desastres tienen en cuenta este tipo de vínculos. Si la evaluación y la planificación de la reducción del riesgo no incluyen las diferentes hipótesis sobre el cambio climático, estaremos generando redundancia en toda nuestra labor.

 

La Nueva Agenda Urbana, por su parte, supone un claro avance que aun debiera profundizarse en materia de cómo la mayor exposición que suponen los contextos urbanos representa nuevos patrones de riesgo. Y, por tanto, hace necesarios nuevos planteamientos para abordarlos.

 

Frente a la fragmentación de las agendas internacionales a la que estamos haciendo referencia, como propone el GAR para entender los riesgos es necesario comprender qué sabemos y qué no sabemos, e incluso, intentar poner remedio a aquellos aspectos que desconocemos. El riesgo reviste una gran complejidad. Tenemos que entender cómo se afronta sin recurrir a medidas reduccionistas que aíslan los riesgos e ignoran su naturaleza sistémica. Debemos revocar las instituciones, los enfoques de gobernanza y las modalidades de investigación que tratan los riesgos de manera aislada y fuera de sus contextos socioecológicos y socioeconómicos. Este es el reto a escala internacional: incorporar el riesgo como una dimensión sustancial en cualquier política pública que pretenda el bienestar de la comunidad. Una cuestión de gobernanza.

 

En el plano nacional, el Estado español no ha sido especialmente activo en materia de reducción de riesgos. Una baja percepción del riesgo, un enfoque muy anticuado frente a los desastres y el riesgo centrado excesivamente en la respuesta y muy escasamente en las tareas de prevención, preparación o mitigación, unido a una distribución competencial compleja y a un marco jurídico obsoleto, han hecho que, pese a haber firmado tanto en Marco de Acción de Hyogo como el de Sendai, España no haya avanzado mucho en el cumplimiento de lo allí acordado. Pero ese es otro tema en el que podremos profundizar en otro momento.

 

 

Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria. IECAH

 

 

FOTOGRAFÍA: UN PHOTO, FLICKR

 

TRUMP

 

Para Blog Elcano.

 

Que el positivo por coronavirus de Donald Trump haya provocado una caída generalizada en las bolsas mundiales habla por sí solo, tanto del peso que aún tiene Estados Unidos en los asuntos mundiales como del desnorte global en el que estamos inmersos. Su ingreso en un hospital militar, a la espera de comprobar si su estado se agrava o si reaparece en breve y sin que haya cedido el poder a su vicepresidente, impacta necesariamente en varias direcciones.

Por un lado, en plena campaña electoral con vistas a las elecciones del próximo 3 de noviembre, queda por ver cómo le afectará en las encuestas la noticia. En principio, su desaparición de la escena mediática deja más espacio a su contrincante, Joe Biden, al tiempo que concentra momentáneamente los focos sobre un ultraconservador vicepresidente, Mike Pence, que no se ha distinguido precisamente coordinando la respuesta a la pandemia, y que se suele presentar como una figura escasamente preparada para asumir la dirección del país (botón nuclear incluido). En esa misma línea de interpretación, Trump quedaría ahora retratado como un mal gestor de una pandemia cuya importancia ha tratado de rebajar sistemáticamente, cuando ya se superan los 200.000 muertos, llevándose por delante el “éxito” económico que, hasta su estallido, era uno de sus principales argumentos para conseguir la reelección. Pero, por el contrario, y suponiendo que su situación no se agrave hasta el punto de que quede fuera de la carrera electoral, también está claro que ahora mismo copa los titulares de prensa y hasta cabe imaginar que, para quien ha sabido mentir y manipular tan profesionalmente a la opinión pública, su condición de enfermo le sirva para provocar una corriente de simpatía que muy pronto se traduzca en votos suficientes para dar un vuelco a los actuales pronósticos en su contra.

Por el camino, y al margen de lo que pueda suceder en esas elecciones, es innegable que, en el ámbito interno, Trump ha contribuido a acentuar la polarización de su propia ciudadanía, poniendo en cuestión las bases de la convivencia, alimentando opciones supremacistas y abiertamente antidemocráticas y demonizando a los inmigrantes. Una situación que hará aún más difícil mantener la paz social en los próximos años y sumar fuerzas para salir adelante. El hecho es que, aun así, no ha logrado frenar el declive estadounidense, a pesar de que hoy todavía siga siendo el principal poder económico y militar del planeta.

En el ámbito exterior, su ilimitado narcicismo no ha tenido reparo alguno en dejar reiteradamente claro su desprecio a sus aliados europeos en la OTAN y en desmarcarse del multilateralismo, abandonando la UNESCO, el Acuerdo de París, el acuerdo nuclear con Irán, la UNRWA o la OMS. Su marcada apuesta nacionalista no ha entendido que el unilateralismo está condenado al fracaso por la sencilla razón de que no hay un solo Estado, por muy poderoso que sea, capaz de hacer frente en solitario a los desafíos, amenazas y riesgos que hoy confronta la humanidad. Y el problema, mientras el marco institucional heredado de la II Guerra Mundial ha quedado en buena medida invalidado para gestionar la actual globalización, no es solo que él no lo haya comprendido, sino que deja a Estados Unidos (sea quien sea el que ocupe la Casa Blanca a partir del próximo 20 de enero) en pésimas condiciones para corregir el rumbo, cuando su imagen se ha deteriorado de tal modo y cuando otros aspirantes, con China a la cabeza, aspiran a tomar el relevo.

Es cierto que Trump ha demostrado no ser un belicista en el sentido clásico –si ahora pierde las elecciones será el primer presidente, desde 1980, que no inicia una guerra durante su mandato–, pero eso no lo exonera de su responsabilidad en torpedear la imagen de su país en el mundo. Eso significa, como mínimo, que tanto si continúa en la Casa Blanca como si es reemplazado por Biden, dificulta sobremanera la tarea de construir las necesarias alianzas –empezando por una Unión Europea a la que también ha desairado sin disimulo– a las que le obliga tanto el ascenso chino como el cúmulo de problemas a los que debe enfrentarse en tantos rincones del planeta donde sus intereses están en juego.

Estamos ya en plena October surprises y podemos esperar cualquier cosa. Si quienes apuestan en su contra han arrancado el mes aireando su cuestionable comportamiento fiscal con el objetivo de debilitar sus opciones, también hay que contar con que Trump tratará de responder con alguna sorpresa de última hora. Y en eso, como ya demostró en las elecciones de 2016, es un consumado maestro.

 

IMAGEN: Donald Trump, presidente de los EEUU, usando una mascarilla durante su visita al Bioprocess Innovation Center de Fujifilm Diosynth Biotechnologies en julio de 2020. Foto: Shealah Craighead / The White House (Dominio público)

 

Francisco Rey interviene en el  Encuentro anual de Entreculturas.  "La educación que sostiene la vida":

 

Educación en emergencias

Origen, planteamientos actuales y retos de futuro

 

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Para el Equal Times.

 

A finales de 2019 se había vuelto a batir un récord histórico, con 79,5 millones de personas forzosamente desplazadas de sus lugares y hogares de origen. Personas iguales que nosotros, con vidas, necesidades y sueños muy similares, pero para las que conceptos como vida digna, hogar, derechos, estabilidad, bienestar, seguridad… solo son hoy palabras vacías. En la imagen, migrantes en un centro de registro de Lampedusa, Italia.

 

El contraste es brutal. Por un lado, se suceden las declaraciones de preocupación y condolencia ante cada nueva tragedia humana, y hasta se promete, como acaba de hacer la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que la política de asilo e inmigración de la Unión Europea (UE) será “solidaria y con un enfoque humano”. Pero por otro, hace ya tiempo que el Mediterráneo se ha convertido en un gigantesco cementerio y casos como el incendio del campo de refugiados de Moria (Lesbos) muestran que, por el contrario, el enfoque es fundamentalmente insolidario, securitario e inhumano.

Y así viene siendo desde que, en 1999, la UE estableció las bases de una política común de asilo e inmigración centrada en la gestión policial de las fronteras interiores y exteriores y en la cooperación entre los Estados miembros para repartirse la carga, al tiempo que decían comprometerse en sumar esfuerzos para garantizar un trato justo a los extranjeros que pisaran suelo comunitario y en luchar contra las mafias que trafican con los desesperados. Frente a ese legítimo (aunque cuestionable e insuficiente) planteamiento, lo que ha ocurrido en la práctica es que se ha impuesto el cortoplacismo y el más rancio nacionalismo de unos gobiernos nacionales obsesionados, por una parte, por no perder el control de sus fronteras y, por otra, por el temor a que sus adversarios políticos puedan aprovechar electoralmente cualquier medida congruente con los principios que nos definen como democracias plenas.

De ese modo se explica que, en un desesperado y suicida “sálvese quien pueda”, unos y otros hayan optado por reforzar de manera bien visible una política eminentemente securitaria que se limita a gestionar las consecuencias de tantos errores acumulados.

 

Errores que arrancan con un ejercicio de amnesia autoinducida que lleva a olvidarse de la corresponsabilidad histórica en la creación de situaciones que acaban generando oleadas crecientes de desplazados forzosos.

 

En buena parte, los actuales flujos de población hacia territorio comunitario se explican por una prolongada injerencia occidental en clave geopolítica y geoeconómica que no tiene en cuenta los deseos y necesidades de las poblaciones locales. Y no se trata solo de lo ocurrido en una época colonial formalmente superada, sino de una práctica que se mantiene en nuestros días, lo que incluye una salvaje explotación de recursos ajenos y el apoyo a gobernantes más centrados en la defensa de sus privilegios personales y corporativos que en la atención a sus conciudadanos.

A partir de ahí, lo que completa ese depredador modelo de relaciones es una decidida apuesta por los instrumentos policiales (con Frontex a la cabeza), para frenar por la fuerza a los que pretenden alcanzar lo que equivocadamente perciben como el paraíso europeo. El marco se completa con un nuevo olvido de las normas más básicas del derecho marítimo, del derecho internacional humanitario y de los compromisos adquiridos por cada uno de los Veintisiete al firmar la Convención del Estatuto de Refugiados (1951), que les obligan a asistir y proteger a toda persona que trata de poner a salvo su vida huyendo de una situación de violencia o catástrofe natural.

El último pilar de ese modelo securitario consiste en conseguir la colaboración de los gobiernos de tránsito —a cambio de apoyo político y económico—, para que aborten ya en primera instancia esos movimientos hacia la idealizada Europa y para que acepten la repatriación forzosa a sus propios territorios de quienes hayan logrado llegar a ella, aun cuando es bien sabido que eso supone dejarlos en manos de quienes escasamente van a preocuparse por cubrir sus necesidades básicas y atender sus peticiones.

Si ese marco de actuación ya es criticable por todo lo que supone de dejación de funciones, incumplimiento de compromisos internacionales y colaboración con atrocidades sin fin a manos de mafias y gobiernos, todavía lo es más por la sencilla razón de que no funciona. Y, mientras tanto, como nos recuerda el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, a finales de 2019 se había vuelto a batir un récord histórico, con 79,5 millones de personas forzosamente desplazadas de sus lugares y hogares de origen. Personas iguales que nosotros, con vidas, necesidades y sueños muy similares, pero para las que conceptos como vida digna, hogar, derechos, estabilidad, bienestar, seguridad… solo son hoy palabras vacías.

 

El problema no es que vengan, sino que no vengan

Por eso, aunque solo sea porque ya hemos aprendido que la desesperación y la aspiración a una vida digna no se detienen ante un despliegue policial o un muro, por alto e intimidatorio que parezcan, deberíamos dibujar una senda alternativa que, de acuerdo con nuestros principios y obligaciones, tenga al menos en cuenta la necesidad imperiosa de:

  • Llevar a cabo un esfuerzo de pedagogía política que desmonte bulos y presente la realidad en sus justos términos. Eso supone recordar que no son más de 250 millones las personas que residen permanentemente en un país distinto al de su nacimiento; es decir, tan solo el 3,3% de la población mundial. Para desmontar el discurso de la supuesta invasión, que tan eficazmente manejan los populistas, basta con recordar que nueve de cada diez migrantes africanos y ocho de cada diez asiáticos se trasladan a otro país de su mismo continente. Del mismo modo, frente al argumento sobre su excesivo coste para las arcas del Estado, hay datos suficientes que demuestran que ese colectivo inmigrante aporta a los Estados receptores mucho más de lo que reciben en políticas sociales, tanto por sus aportaciones al mercado laboral y las cuentas públicas, vía impuestos, como por el rejuvenecimiento de sociedades tan envejecidas como las de los Veintisiete.
  • Explorar otra vía que, desde una perspectiva que solo puede ser multilateral y multidimensional, busque la plena integración social, política y económica de quienes ya están entre nosotros, al tiempo que se combate la xenofobia con una pedagogía que los poderes públicos, los sistemas educativos y los medios de comunicación deben liderar; y se llena de contenido el concepto de igualdad de oportunidades. Igualmente implica emplear parte de los ingentes medios de los que disponemos para paliar sus penurias desde el origen hasta el destino, restableciendo la posibilidad de que puedan presentar sus solicitudes de asilo y refugio en los consulados y embajadas de cualquier país de la Unión en sus propios países de origen, sin tener que arriesgar sus vidas y ponerlas en manos de mafias asesinas para hacerlo físicamente en el país de destino.
  • Entender, por último, que el problema no es que vengan, sino que no vengan. Dada nuestra situación y perspectivas demográficas, resumidas en bajo crecimiento vegetativo y creciente envejecimiento, es obvio reconocer que necesitamos que vengan, sin que eso signifique que por sí solos vayan a resolver nuestro problema. A partir de ahí, y para evitar el inevitable impacto que los flujos de población descontrolados siempre provocan, se trata de analizar cómo podemos contribuir a crear unas condiciones de vida digna para esas personas en sus lugares de residencia. Y de inmediato podemos concluir que no basta con el tan mítico como incumplido compromiso de dedicar el 0,7% del PIB nacional de los países desarrollados a los menos favorecidos. Es cada vez más necesario repensar el actual modelo de comercio, aspirando a que sea realmente justo, así como la discriminatoria arquitectura financiera internacional de nuestros días, el tratamiento de la deuda externa acumulada impropiamente por muchos de esos países (o, mejor dicho, gobernantes) o la escasa transferencia de tecnología que está potenciando, entre otras cosas, una seria brecha que condena a regiones enteras.

Y de ese modo, aunque solo sea por egoísmo inteligente, se puede construir un proyecto muy distinto al actual. Un proyecto que entienda que hoy es imposible crear una fortaleza impenetrable dentro de la que esconderse y desentenderse de lo que ocurre fuera de ella. Por lo tanto, por nuestro propio desarrollo y seguridad debemos implicarnos directamente en el desarrollo y la seguridad de quienes nos rodean. De momento, lo que acaba de presentar la Comisión Europea (este 23 de septiembre), con el rimbombante nombre de Nuevo Pacto de Migración y Asilo, parece haber entendido la música (abolir el convenio de Dublín; establecer un mecanismo de solidaridad…). Queda por ver si los Estados miembros, que son los que tienen el grueso de responsabilidad y de competencias reales en este terreno, están dispuestos a aplicarlo.

 

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